Las emociones agudizan la sensibilidad y nos hacen sentir vulnerables o más fuertes, según el caso. Hay emociones derivadas de situaciones felices que nos benefician y nos proporcionan seguridad en nosotros mismos y otras que lo que nos provocan son estrés, melancolía o tristeza. Muchas de ellas repercuten en nuestro apetito y, por lo tanto, en la pérdida o aumento de peso.
Una vida en la que las prisas y el estrés de nuestro trabajo o la vida familiar imperan darán lugar a una alimentación caótica. Se sufre de hambre, pero el apetito dura poco y en seguida nos sentimos plenos, lo que provoca que tengamos que comer varias veces al día y de cualquier manera.
Este comportamiento alimentario crea un aumento de peso, sobre todo si la ansiedad la intentamos calmar con alimentos dulces y grasos, como bollería, bebidas refrescantes o bolsas de aperitivos, estos tienen la cualidad de calmar la ansiedad, al favorecer la síntesis de la serotonina. El efecto sedante es inmediato, pero pasajero porque, pasada la inmediatez de su ingesta, reaparece de nuevo la ansiedad, proporcionando la sensación de que comer no nos ha ayudado nada y, lo que es peor, posiblemente estemos engordando.
Para evitar esta perniciosa costumbre, los psicólogos recomiendan realizar ejercicios mentales de autosugestión orientados a intentar separar la sensación de ansiedad y la sensación de hambre. Para ello y tras dedicar varios minutos de relajación, centramos nuestra atención primero en las sensaciones que nos provoca la ansiedad y tratamos de localizar físicamente dónde se encuentra ésta ejerciendo mayor presión en nuestro cuerpo.
A continuación, pasamos a centrar nuestra atención en el hambre, reviviendo esa sensación, así como la de sentirnos satisfechos cuando hemos ingerido la cantidad suficiente. Comprobaremos de esta forma que ambos estados difieren y ninguna de ellas ni se calma con la otra ni se acrecienta por su falta.
Otro de los beneficios de este ejercicio, llevado con rigor, será el de saber reconocer esos estados sicológicos que a veces parecen volvernos locos, la mayor parte de las ocasiones por ser desconocidos. Pero cuando somos conscientes de que son alteraciones que el cerebro provoca en nuestro organismo ante situaciones de riesgo, agotamiento o estrés, conseguimos que no nos afecte tanto e, incluso, estaremos en el camino de llegar a dominarlas.
Controlar el estrés y el estado de ansiedad exige por nuestra parte también un esfuerzo en cuanto al régimen alimenticio y el ejercicio diario. Una dieta equilibrada en la que no falten pescado, carne, frutas y verduras, así como hidratos de carbono y grasas, nos ayudarán a rebajar la ansiedad, además de controlar el aspecto perverso de la sobrealimentación.
Fuente:www.proceso.hn